domingo, 22 de enero de 2012

LA CALLE DE LA JOYA


lo que voy a narrar, historia o cuento, que dio nombre a la calle de la joya, en crónica, perdida, de un convento, déjelo escrito el provincial Montoya. Y aunque pobre de flores y de galas, mi numen pide a la fortuna esquiva, que al extender la tradición sus alas si el verso muere, la leyenda viva.


Era un hogar feliz, de amores nido, a las intrigas del corte ajeno, entre álamos frondosos escondido, lleno de paz y de esperanza lleno. Al lado de Gaspar, allí Violante su compañera, vive dichosa, que para limpio corazón amante, es el hogar el cielo de la esposa.

Pocos meses, muy pocos han pasado desde que en premio a su constante anhelo, juntos en el altar han alcanzado para su amor la bendición del cielo. Vino entonces a México, gallardo doncel, de noble y distinguida cuna: el capitán don diego de fajardo, de ánimo grande y sin igual fortuna. De lealtad y valor era un tesoro, y nunca tuvo, en su intención discreta, ni al ver el infortunio, oculto el oro, ni en Pro de la virtud, la espada quieta.

Una vez que en su yegua jerezana del campo alegre a la ciudad volvía, asomada a su rústica ventana miró a Violante al declinar el día. Detuvo el paso, la miró extasiado, fuese, volviendo el rostro a cada instante, y esa noche, confuso y agitado, soñó y volvió a soñar aquel semblante. Desde entonces las sombras protectoras, rondando aquella casa, le envolvían, y unas tras otras, siempre las auroras en el mismo lugar le sorprendían.

Negra la noche está; Gaspar ausente, Violante sola, triste, preocupada, escuchando el gemido que doliente lanza el viento al cruzar por la enramada. De súbito la dama se estremece,

ve abrirse una ventana y, a sus ojos, don diego de fajardo se aparece que va a postrarse ante sus pies de hinojos. Ruegos, promesas, llanto que no enjuga por pintar el amor en que se inflama, nada alcanza a entibiar, nada subyuga la altanera esquivez de aquella dama. Por fin, a su pesar, se siente herido, y de aquella virtud huye confuso mirando con dolor desvanecido el dulce sueño en que sus dichas puso. Pero antes de salir, sin que Violante indignada sospeche su deseo, deja prenda que ciego y delirante llevaba de su amor para trofeo.

Un brazalete de oro cincelado, en que vierten sus vivos resplandores los mil diamantes con que está formado el escudo condal de sus mayores. Gaspar, de aquella noche entre la sombra, mira salir un hombre de su casa; se recata, se espera, hasta le nombra

cuando a su lado, sin mirarle, pasa. Trémulo, vacilante, loco, ciego, al mirar a don diego de fajardo, siente del odio el espantoso fuego y de los celos el punzante dardo.

Duda... Y después, como león herido que su melena formidable agita, ardiendo en furor lanza un rugido y fiero en su mansión se precipita.

Halla a Violante pálida y convulsa, y entre sus manos a mirar alcanza la rica joya que su sed impulsa de consumar con sangre su venganza. Trémulo, ni la inquiere, ni la insulta, pero en tremenda cólera deshecho, cien y cien veces su puñal sepulta de tierna esposa en el honrado pecho.

Y como suele la espantosa llama que se levanta de voraz hoguera cuando sobre ella el agua se derrama avivarse y crecer más altanera. Así el vértigo fiero que arrebata el alma de Gaspar más y más crece, al ver que un mar de sangre se desata y ahogada en él, Violante se estremece.

Recoge luego con crispada mano, bañado en tibia sangre, el rico broche, abandona la casa, cruza el llano y se pierde en las sombras de la noche. Y cuando encuentra en la ciudad desierta

la casa de fajardo, ardiendo en ira clava el rico joyel sobre la puerta con su agudo puñal, y luego expira. Con creciente inquietud, a la alborada, sale fajardo y ve con desconcierto

la acusadora joya ensangrentada y, al dintel de la puerta, Gaspar muerto.

Adivinando todo con pavura y víctima de atroz remordimiento

huye a ocultar su inmensa desventura tras de los altos muros de un convento. De las mundanas pompas olvidado que fue un fraile ejemplar, dice Montoya, ¡dios le haya en su alto juicio perdonado la historia de la calle de la joya!
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