domingo, 24 de julio de 2016

CUANDO ACEPTES TUS DEFECTOS NADIE PODRA USARLOS EN TU CONTRA.


Si conocemos y aceptamos nuestros puntos débiles y nuestros defectos como parte de nosotros nadie podrá hacernos daño a través de ellos, puesto que los tendremos interiorizados, y nos harán más fuertes
Nadie está libre de defectos ni camina por el mundo con la perfección absoluta envolviendo su persona.
El ser capaces de ver los propios defectos y de aceptarlos nos ayudará no solo a respetar los de los demás, sino que, además, evitaremos también que los puedan usar en nuestra contra.
Muchos de nosotros nos pasamos media vida intentando ocultar con ropa ancha o maquillaje alguna que otra “imperfección”.
Son detalles que nosotros mismos calificamos como “molestos defectos”, de esos capaces de hundir nuestra autoestima cuando, en realidad, no son más que aspectos que definen nuestra totalidad como persona y que deberíamos aceptar cuanto antes.
Los auténticos defectos del ser humano no son unos kilos de más, ni una nariz desviada, ni unos pechos pequeños o demasiados grandes, ni que un hombre tenga una incipiente calvicie.
Los auténticos defectos son la incomprensión, la falta de respeto, la crítica, el egoísmo o la agresión. Eso es ante lo que todos deberíamos luchar.
Tus defectos, mis defectos: nuestras virtudes
A menudo suele decirse aquello de que somos una sociedad de eruditos racionales, pero de analfabetos emocionales.
Puede sonar algo dramático, no hay duda, pero en realidad, algo que percibimos en nuestro día a día es que escasean aspectos como la empatía, la reciprocidad o el reconocimiento del otro como alguien que también tiene necesidades y miedos.
En las escuelas no se ha introducido aún con la adecuada efectividad la materia de la inteligencia emocional.

En lugar de ver este enfoque como un aspecto multidimensional capaz de vertebrar todas las asignaturas y donde los maestros deberían ser los mejores modelos, sigue enseñándose de manera aislada y un par de veces por semana (o incluso ninguna).



La anatomía de la autoestima
Cuando yo tengo baja autoestima espero que los demás, con sus palabras y acciones, me ofrezcan lo que me falta: confianza y seguridad. Que me regalen halagos y me digan que no soy tan “feo” como yo pienso, que me digan que “soy mejor persona” de lo que yo creo.
Hemos de entender que los demás no nos dan ni nos quitan nada. El resto del mundo no está para llenar nuestras carencias ni para dar seguridad a nuestros temores.
No debemos proyectar necesidades propias en los demás, hemos de ser capaces de construir nuestras propias seguridades y de racionalizar lo que nosotros mismos etiquetamos como defectos.
Si yo califico mi rostro con pecas como defecto o mi nariz algo desviada como algo horrible, los demás se darán cuenta de ello y en algún momento lo usarán en mi contra.
Ahora bien, es necesario darnos cuenta de que el auténtico “defecto” en estos casos es esa baja autoestima capaz de decirme que, por esos simples detalles, debo moverme por el mundo con timidez y la mirada baja.
El resto de personas no atacarán esos supuestos detalles físicos, atacarán nuestra vulnerabilidad personal. Por ello, es vital que fortalezcamos nuestra autoestima, para hacer de los defectos “virtudes”.
Todo ello hace que sigamos dando al mundo niños inseguros con baja autoestima, adolescentes que ven defectos en su persona hasta el punto de convertirlos en auténticos agujeros negros que los demás intuyen y usan en su contra.
Es algo complejo y delicado que debemos saber afrontar.


Defectos: virtudes que nos hacen especiales
Volvemos a incidir en lo señalado al principio: el auténtico defecto está en ese corazón capaz de agredir, humillar o hacer daño a los demás.
El aspecto físico, la forma de pensar, de sentir o de vivir de uno mismo jamás será un defecto o algo reprochable mientras exista el respeto.
El problema de todo esto se halla en que pasamos gran parte de nuestra existencia más preocupados del exterior que del interior.
Validamos nuestro aspecto físico basados en las modas, en lo que los demás valoran como “hermoso”. Si no entramos en ese molde, nos autoexcluimos. No es lo adecuado.
Solo cuando nos aceptemos a nosotros mismos nos daremos cuenta de lo valiosos que somos.
Las personas que son capaces de ver ese detalle especial diferente al resto como una virtud son las que viven más felices, porque se consideran auténticas.




Ser demasiado alto, demasiado bajo, tener un lunar en la mejilla, nacer con un cabello rizado y horriblemente rebelde, o tener un pecho pequeño o muy grande… ¿Qué importancia tiene?
La belleza de las personas está en su variedad, en su originalidad. El aspirar a ser todos iguales es quitar alas a nuestra esencia y a nuestra belleza. No merece la pena.

No hay personas con defectos, existen mentes con vacíos. Enfoca tu vida de otro modo y empieza a atender más tu autoestima, tu forma de ser, tu belleza única y particular.


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