sábado, 11 de febrero de 2012

LA CALLE DE TRES CRUCES


majestuosa era la casa de don diego de gallinar; se alzaba sobre un buen cimiento con sus tres pisos de cantera rosa, finamente labrada. Junto a ella emergían construcciones de una sola planta, no tan suntuosas, pero sí de muy buena fábrica. Todas se alineaban para formar la calle de san francisco, que desembocaba en la plaza principal de la rica ciudad minera de Zacatecas. Era el año de 1763, y los habitantes de esta población no podían menos que sentirse orgullosos de la prosperidad de la región; de filón en filón salía oro y plata.


Don diego de gallinar, con sus más de sesenta años, tramitaba un título nobiliario ante la corona española, era cosa de esperar; dinero lo tenía para aspirar a eso y más. Padre de un hijo llamado Antonio, también tenía bajo su reguardo y tutela a doña Beatriz Moncada, su sobrina; ella acababa de salir del colegio de monjas y. Estaba en edad casadera. Su tío planeaba el futuro de la joven, aunque no guapa, sí era un dechado de bellas formas, que se le notaban bajo las telas de sus vestidos. ¡Había que ver esas líneas que le nacían bajo la cintura! ¡Había que ver, qué formas! ¡Por vida de las once mil vírgenes!

Doña Beatriz Moncada, huérfana de padre y madre, era nada menos que heredera de una inmensa fortuna; poseía minas y casas en renta. Más, para su poca fortuna -la moral-, su tío administraba sus bienes y la tenía estrechamente vigilada.

Las lenguas viperinas, que todo lo saben y si no lo inventan, decían que don diego de gallinar planeaba casar a su sobrina con su hijo, don Antonio; mozo de 21 años con poca fortuna, que de galán no tenía nada; mal le fue en parecerse a su padre. Don Antonio de gallinar, en esas fechas, se encontraba de servicio con el virrey Márquez de la laguna, persiguiendo a los muchos piratas que inundaban las aguas del golfo de México.

Doña Beatriz sabía que su primo -que por cierto, no le interesaba como marido- era un joven crápula y calavera; que cultivaba las artes de buen seductor de bellas doncellas y, no de pocas damiselas llamadas gallas, que de sus dotes tenían por bien servir de caricias a los clientes que así lo solicitaban. Y sabía que, si de gastar duros, reales o maravedíes, pues papá don diego de gallinar pagaba los gastos dispendiosos de gallinar chico.

Se decía que una de las razones para el proyectado enlace era que una vez casada Beatriz con don Antonio, don diego de gallinar no tendría que dar cuentas a nadie sobre el patrimonio de la rica heredera, a quien le fingía un cariño exagerado en público, pero que la tenía más que presa en su lujosa casona.

Así transcurrían los días en Zacatecas, entre chismes, decires y sueños de riquezas, de la noche a la mañana. Pero llegó una noche y después, otra y otra y otra… y las dulcísimas notas de un violín llenaban el oscuro ambiente de melodías finas para oídos exigentes; cada noche, cuando sonaba el repiqueteo de campanas para llamar al resguardo y después de que la ronda de guardias terminaba su primer recorrido, se escuchaba la suave música que tocaba un joven nativo... Ahí, junto a un poste de un farol que alumbraba débilmente la desierta calle arrancaba de su instrumento melodiosos himnos de seducción.

Se trataba de un joven indígena, recogido y educado por los religiosos del convento de san agustín; donde los frailes le habían enseñado las artes de la música y las ciencias que conocían. Su nombre, Gabriel García, y doña Beatriz lo conoció en un concierto que ofreció en la casa del conde de san mateo de Valparaíso en su casa; pues gracias a las buenas referencias que le daban los religiosos, Gabriel era admitido en todas las reuniones de la aristocracia de aquel entonces.

Beatriz lo escuchó tocar y en su alma vibró el compás de la maravillosa música del artista; una elocuentísima mirada sirvió para que le entregara el corazón. En tanto, el músico subyugado por las bellas formas peregrinas de aquella niña rubia, comprendió el rudo lenguaje de sus miradas y la adoró con todas las fuerzas de su alma india; aunque sabía que era un amor sin esperanzas.

Desde entonces, al filo de la media noche, Gabriel iba frente a la casa de su adorada a desahogar su corazón a través de la música. Los vecinos de la calle de san francisco desconocían de dónde provenía la música, pero la aprovechaban para el bien dormir.

Doña Beatriz burlaba la vigilancia de su tío para subir a la azotea, junto con una mujer de la servidumbre; desde ahí, miraba a su enamorado. Ella confesó a la sirvienta, su dulce compañía, sus deseos y miedos; le dijo que su pecho anidaba un amor por el apuesto, tenaz y virtuoso indígena.

Mas una noche en que don diego de gallinar se retiraba más tarde que de costumbre a sus habitaciones, decidió mirar el cielo y, para su sorpresa, encontró que el manto celeste estaba profundamente encandilado con la música de ese violín; el lugar de donde provenía, le era impreciso hasta que, de pronto, se dio cuenta que el violín y su ejecutante estaban ahí, en concierto frente a su casa. A la luz del farol reconoció a Gabriel y, como una corazonada, sagaz levantó sus ojos a la azotea y, aunque la oscuridad era cerrada, vio a su sobrina y a la pérfida sirvienta que le servía de compañía.

Ciego de ira, bajó a la calle y le ordenó a Gabriel, al indio Gabriel, que se retirara antes de que lo apalearan sus sirvientes. El indígena contestó que sí, que se retiraría porque tenía qué hacerlo, no por miedo de los palos. Gabriel le dijo que él no era ningún perro y que sabía defenderse con la espada en la mano como caballero.

Don diego enfurecido, le contestó que él sí podía manchar su espada con sangre india; pero Gabriel insistió que no se batiría con el tutor de su amada; él lo respetaba por ser tío de doña Beatriz. Le dijo que no pensara mal, que sólo la amaba como se ama a una virgen inalcanzable.

Ante tanta palabrería insensata para los oídos de don diego de gallinar, loco de rabia lanzó a Gabriel los peores improperios llamándolo "indio mal nacido, aventurero y cobarde", seguidos de una bofetada y de una espada, la suya, que tomaba aire.

Gabriel no aguantó más y arrojando su violín en medio de la calle, desenvainó también su espada y se puso en guardia, sólo deseaba defenderse sin herir a su agresor. Virtuoso en la música, también lo era en los menesteres del manejo de la espada.

No podía ser más que un juego: don Diego, viejo ya y Gabriel, un joven ágil. Pero la lucha era cosa seria y reñidísima; don diego quería a toda costa acabar con su adversario. Gabriel se limitaba a parar los golpes, cosa que irritaba más y más al viejo. Viendo que la lucha se prolongaba sin conseguir su propósito, el señor de gallinar quiso dar la estocada final y se tiró a fondo, pero para su desgracia y efímera vida, clavó su cuerpo en la espada de Gabriel que sólo quiso desviar la estocada. Don diego de gallinar se desplomó, sangrando del pecho y lanzando una horrible blasfemia por la boca que ahora arrojaba bocanadas de sangre.

Gabriel, con los ojos horrorizados, se arrodillo a socorrer al moribundo. El juego había dejado de ser un juego, la muerte estaba por llegar. En eso, se abrió el portón de la casona y salió un criado que despertó por los gritos de su patrón; al mira a su amo herido de muerte y a su agresor inclinado ante él, sacó un puñal del cinto y, sin misericordia, se lo clavó a Gabriel en la espalda, una y otra vez.

Con la mano y la ropa manchada, el sirviente gritó a los guardias. Entonces se escuchó un alarido de agonía, seguido del estrépito de cristales rotos; Doña Beatriz que se había escondido con su sirvienta, al escuchar los gritos del sirviente, se asomó y al mirar la terrible escena de la muerte, su cuerpo -al querer abrazar a su peregrino amor-, cayó desde la azotea de tres pisos. Un alarido, que sólo lo puede dar alguien que sabe que va a morir, se confundió con el toque de las campanas de san agustín. Después, vino el silencio.

Cuando la ronda llegó al lugar de la tragedia encontró, bajo la débil luz del farol, a la muerte abrigando tres cadáveres; la sangre tibia, aún con vida, avanzaba lenta.

Al otro día, la mano piadosa de una anciana marcó con tres cruces de cal el lugar donde murieron don diego, el indígena Gabriel y Doña Beatriz Moncada. La fecha trágica fue un dos de noviembre de 1763; desde ese día, la gente llamó a la calle de san francisco, la calle de tres cruces. Y desde entonces, la gente al pasar por el lugar, dice que el viento arranca dulces sonidos musicales; sin embargo, los más versados, en la vida, en la muerte y las apariciones aseguran que es la música de violín de un hombre que se murió en el intento… de amar.

CONOZCAN A LAS GEMELAS DISPAREJAS

Las hermanas de 13 años son únicas: se llevan 30 cm de diferencia.

Sienna y Sierra Bernal son dos hermanitas gemelas con una característica peculiar: una es muy alta y la otra muy baja. Las adolescentes (tienen 13 años recién cumplidos) de Houston, Texas son las únicas gemelas del mundo con este tipo de anormalidad. Sienna pesa casi la mitad de Sierra y apenas llega a 1,21 metros de estatura, unos 30 centímetros por debajo de su hermana, que mide 1,51.

Debido a una extraña enfermedad en el cerebro, Sienna además tiene la edad mental de una chica de ocho años. Sin embargo eso no le impide salir con su hermana, y ambas disfrutan ir de compras, maquillarse y hablar de chicos.

"Mi hermana me cuida todo el tiempo y hacemos un montón de cosas juntas", dice Sienna. "La verdad, no me importa verme diferente. Al contrario, me hace sentir especial, única".

Las hermanas nacieron prematuras y la pequeña Sierra pesó menos de medio kilo. Los doctores le pronosticaron muy pocas chances de supervivencia. Pero 108 días de cuidados intensivos bastaron para que el bebé se pongo lo suficientemente fuerte y pueda comenzar a llevar una vida normal.

viernes, 10 de febrero de 2012

EL SÍMBOLO PERDIDO DE DAN BROWN AUDIOLIBRO ULTIMA ENTREGA

SE OPERA PARA PARECER UN PERSONAJE DE ANIMÉ


La joven invirtió 136.000 dólares en cirugías plásticas.


En un mundo donde las cirugías plásticas y los procedimientos de embellecimiento son cosa de todos los días, nada parece sorprendernos. Sin embargo, nuevamente desde oriente nos llega un caso que supera lo conocido: una joven invirtió 136.000 dólares en operaciones estéticas para transformar su cara y calcar las facciones de un personaje de animé.

Jaqueline Koh, diseñadora gráfica de 29 años, estaba discorforme con los rasgos que la naturaleza le dio y se puso el extraño objetivo de cambiarlos. Para ello tomó como modelo los famosos dibujos japoneses y se puso como meta lucir lo más parecido posible a un personaje femenino de animé. Para ello necesitó someterse a cirugías de nariz, mejillas, ojos, reducción de mentón, alisamiento de orejas, implantes mamarios, liposucción e inyecciones de Botox.

Jaqueline, oriunda de Singapur, dice que las operaciones la han hecho más feliz y que a pesar de haber cambiado su apariencia, sigue siendo la misma persona.

martes, 7 de febrero de 2012

LA CALLE DE LA QUEMADA


Muchas de las calles, puentes y callejones de la capital de la nueva España tomaron sus nombres debido a sucesos ocurridos en las mismas, a los templos o conventos que en ellas se establecieron o por haber vivido y tenido sus casas personajes y caballeros famosos, capitanes y gentes de alcurnia. La calle de la quemada, que hoy lleva el nombre de 5a. Calle de Jesús maría y según nos cuenta esta dramática leyenda, tomó precisamente ese nombre en virtud a lo que ocurrió a mediados del siglo xvi.


Cuéntase que en esos días regía los destinos de la nueva España don Luis de Velasco i., (después fue virrey su hijo del mismo nombre, 40 años más tarde), que vino a reemplazar al virrey don Antonio de Mendoza enviado al Perú con el mismo cargo. Por esa misma fecha vivían en una amplia y bien fabricada casona don Gonzalo espinosa de Guevara con su hija Beatriz, ambos españoles llegados de la villa de Illescas, trayendo gran fortuna que el caballero hispano acrecentó aquí con negocios, minas y encomiendas. Y dícese en viejas crónicas desleídas por los siglos, que si grande era la riqueza de don Gonzalo, mucho mayor era la hermosura de su hija. Veinte años de edad, cuerpo de graciosas formas, ojos glaucos, rostro hermoso y de una blancura de azucena, enmarcado en abundante y sedosa cabellera bruna que le caía por los hombros y formaba una cascada hasta la espalda de fina curvatura.

Asegurábase en ese entonces que su grandiosa hermosura corría pareja con su alma toda bondad y toda dulzura, pues gustaba de amparar a los enfermos, curar a los apestados y socorrer a los humildes por los cuales llegó a despojarse de sus valiosas joyas en plena calle, para dejarlas en esas manos temblorosas y cloróticas.

Con todas estas cualidades, de belleza, alma generosa y noble cuna a lo cual se sumaba la inmensa fortuna de su padre, lógico es pensar que no le faltaron galanes que comenzaron a requerirla en amores para posteriormente solicitarla como esposa. Muchos caballeros y nobles galanes desfilaron ante la casa de doña Beatriz, sin que esta aceptara a ninguno de ellos, por más que todos ellos eran buenos partidos para efectuar un ventajoso matrimonio.

Por fin llegó aquel caballero a quien el destino le había deparado como esposo, en la persona de don martín de Scópoli, marqués de Piamonte y Franteschelo, apuesto caballero italiano que se prendó de inmediato de la hispana y comenzó a amarla no con tiento y discreción, sino con abierta locura.

Y fue tal el enamoramiento del marqués de Piamonte, que plantado en mitad de la calleja en donde estaba la casa de doña Beatriz o cerca del convento de Jesús maría, se oponía al paso de cualquier caballero que tratara de transitar cerca de la casa de su amada. Por este motivo no faltaron altivos caballeros que contestaron con hombría la impertinencia del italiano, saliendo a relucir las espadas. Muchas veces bajo la luz de la luna y frente al balcón de doña Beatriz, se cruzaron los aceros del marqués de Piamonte y los demás enamorados, habiendo resultado vencedor el italiano.

al amanecer, cuando pasaba la ronda por esa calle, siempre hallaba a un caballero muerto, herido o agonizante a causa de las heridas que produjera la hoja toledana del señor de Piamonte. Así, uno tras otro iban cayendo los posibles esposos de la hermosa dama de la villa de Illescas.

Doña Beatriz, que amaba ya intensamente a don martín, por su presencia y galanura, por las frases ardientes de amor que le había dirigido y las esquelas respetuosas que le hizo llegar por manos y conducto de su ama, supo lo de tanta sangre corrida por su culpa y se llenó de pena y de angustia y de dolor por los hombres muertos y por la conducta celosa que observaba el de Piamonte.

Una noche, después de rezar ante la imagen de santa lucía, virgen mártir que se sacó los ojos, tomó una terrible decisión tendiente a lograr que don martín de Scúpoli marqués de Piamonte y Franteschelo dejara de amarla para siempre.

al día siguiente, después de arreglar ciertos asuntos que no quiso dejar pendientes, como su ayuda a los pobres y medicinas y alimentos que debían entregarse periódicamente a los pobres y conventos, despidió a toda la servidumbre, después de ver que su padre salía con rumbo a la casa del factor.

Llevó hasta su alcoba un brasero, colocó carbón y le puso fuego. Las brasas pronto reverberaron en la estancia, el calor en el anafre se hizo intenso y entonces, sin dejar de invocar a santa lucía y pronunciando entre lloros el nombre de don martín, se puso de rodillas y clavó con decisión, su hermoso rostro sobre el brasero.

Crepitaron las brasas, un olor a carne quemada se esparció por la alcoba antes olorosa a jazmín y almendras y después de unos minutos, doña Beatriz pegó un grito espantoso y cayó desmayada junto al anafre.

Quiso dios y la suerte que acertara a pasar por allí el fraile mercedario fray marcos de Jesús y gracia, quien por ser confesor de doña Beatriz entró corriendo a la casona después de escuchar el grito tan agudo y doloroso.

Encontró a doña Beatriz aún en el piso, la levantó con gran cuidado y quiso colocarle hierbas y vinagre sobre el rostro quemado, al mismo tiempo que le preguntaba qué le había ocurrido.

y doña Beatriz que no mentía y menos a fray marcos de Jesús y gracia que era su confesor, le explicó los motivos que tuvo para llevar al cabo tan horrendo castigo. Terminando por decirle al mercedario que esperaba que ya con el rostro horrible, don martín el de Piamonte no la celaría, dejar &yakuta; de amarla y los duelos en la calleja terminarían para siempre.

el religioso fue en busca de don martín y le explicó lo sucedido, esperando también que la reacción del italiano fuera en el sentido en que doña Beatriz había pensado, pero no fue así. El caballero italiano se fue de prisa a la casa de doña Beatriz su amada, a quien halló sentada en un sillón sobre un cojín de terciopelo carmesí, su rostro cubierto con un velo negro que ya estaba manchado de sangre y carne negra.

Con sumo cuidado le descubrió el rostro a su amada y al hacerlo no retrocedió horrorizado, se quedó atónito, apenado, mirando la cara hermosa y blanca de doña Beatriz, horriblemente quemada. Bajo sus antes arqueadas y pobladas cejas, había dos agujeros con los párpados chamuscados, sus mejillas sonrosadas, eran cráteres abiertos por donde escurría sanguaza y los labios antes bellos, carnosos, dignos de un beso apasionado, eran una rendija que formaban una mueca horrible.

Con este sacrificio, doña Beatriz pensó que don martín iba a rechazarla, a despreciarla como esposa, pero no fue así. El marqués de Piamonte se arrodilló ante ella y le dijo con frases en las que campeaba la ternura:

-ah, doña Beatriz, yo os amo no por vuestra belleza física, sino por vuestras cualidades morales, sois buena y generosa, sois noble y vuestra alma es grande...

el llanto cortó estas palabras y ambos lloraron de amor y de ternura.

-en cuanto regrese vuestro padre, os pediré para esposa, si es que vos me amáis. Terminó diciendo el caballero.

La boda de doña Beatriz y el marqués de Piamonte se celebraron en el templo de la profesa y fue el acontecimiento más sensacional de aquellos tiempos. Don Gonzalo de espinosa y Guevara gastó gran fortuna en los festejos y por su parte el marqués de Piamonte regaló a la novia vestidos, alhajas y mobiliario traídos desde Italia.

Claro está que doña Beatriz al llegar ante el altar se cubría el rostro con un tupido velo blanco, para evitar la insana curiosidad de la gente y cada vez que salía a la calle, sola al cercano templo a escuchar misa o acompañada del esposo, lo hacía con el rostro cubierto por un velo negro.

A partir de entonces, la calle se llamó calle de la quemada, en memoria de este acontecimiento que ya en cuento o en leyenda, han repetido varios autores, siendo estos datos los auténticos y que obran en polvosos documentos.

PIDE VACACIONES EN LA CÁRCEL

Una detenida sueca demandó unos días de descanso en prisión.

Natalia Pshenkina, una mujer sueca de 31 años, pidió al Gobierno de su país tomarse unas vacaciones del trabajo asignado en la prisión de Ystad, donde se encuentra cumpliendo una condena de por vida.

La señora, convicta por haber asesinado a su novio en 2005, tomó un empleo dentro de las instalaciones del servicio penitenciario y ahora cree que como compensación por los servicios brindados, y como lo indican las leyes laborales suecas, merece unas vacaciones.

"Pregunté en qué fechas pueden tomarse unos días los presos", escribió Pshenkina en una carta al Consejero de Justicia del país. "Y la respuesta que obtuve fue que los convictos no tienen permitido tomarse vacaciones", concluyó indignada la mujer.

Anders Annerfalk, vocero del Servicio Penitenciaro, confirmó que los detenidos no están protegidos por el sistema laboral y las leyes de trabajo no aplican para ellos.

Al parecer, Natalia deberá seguír trabajando sin gozar un período de descanso. Después de todo, no es que tenía planedas una vacaciones en el Caribe.