
Cuando la tierra surgió de las primitivas aguas, un día, el dios-ciervo, que llevaba el apellido serpiente-puma, y las bella diosa-cierva, o serpiente-jaguar, aparecieron. Tenían forma humana y con sus amplios conocimientos ( es decir, con su magia) ascendieron a una alta colina sobre el agua y construyeron en ella magníficos palacios para su residencia. En la cima de esta colina colocaron una hacha de cobre con el filo hacia arriba, y sobre este filo reposaba el cielo. Los palacios permanecieron en lo alto mixteco, próximo a Apoala, y la colina se llamo “lugar donde permanecían los cielos”.
Los dioses vivieron juntos y felices durante muchos siglos, cuando sucedió que dos pequeños niños nacieron, bellos de forma y hábiles y experimentados en las artes. Desde el momento de su nacimiento fueron llamados viento de nueve culebras y viento de nueve cavernas. Se tuvo mucho cuidado con su educación y sabían como transformarse en un águila o en una culebra, o hacerse invisibles o incluso atravesar cuerpos sólidos.
Después de un tiempo, estos dioses llenos de juventud decidieron hacer una ofrenda y un sacrificio a sus ancestros. Tomando vasijas de incienso hechas de arcilla, las llenaron de tabaco, al que prendieron fuego, dejándolas arder lentamente.
El humo ascendió hacia el cielo, y esa fue la primera ofrenda ( a los dioses). Luego hicieron un jardín con arbustos y flores, árboles frutales y hierbas con fragancias dulces. Contiguo a esto, hicieron un prado y lo equiparon con todo lo necesario para el sacrificio.
Los piadosos hermanos Vivian con satisfacción en este trozo de terreno, lo cultivaban, quemaban tabaco, y sus oraciones, votos y promesas suplicaban a sus ancestros que permitieran aparecer la luz, recoger agua en ciertos lugares y permitir que la tierra no estuviese cubierta de agua, puesto que no tenían más que un pequeño jardín para su subsistencia.
Para fortalecer sus rezos perforaban sus orejas y sus lenguas con puntiagudos silex y rociaban la sangre sobre los árboles y plantas con un cepillo de ramitas de sauce.
Los dioses-ciervo tuvieron más hijos e hijas, pero hubo una inundación en la que muchos de ellos perecieron. Tras la catástrofe, el dios llamado creador de todas las cosas formo los cielos y la tierra y restauro la raza humana