miércoles, 6 de diciembre de 2017

ANSIEDAD POR EL STATUS.

“Cada vez que a una amiga le va bien, alguna cosita dentro de una muere…”
Una preocupación tan perniciosa que es capaz de arruinar largos periodos de nuestras vidas, la sensación de que corremos el peligro de no conformar los ideales de éxito prestados por nuestra sociedad y de que, como resultado de ello, seremos desposeídas de nuestra dignidad y respeto; la sensación de que ocupamos un rango muy modesto y de que podemos caer en uno más bajo, según Alain de Botton.
El estatus se refiere en un sentido estricto a la profesión y estado civil de una persona. Pero en un sentido más amplio el estatus es el valor y la importancia que posee un individuo dentro de su sociedad.
Se trata de un problema creado por la sociedad occidental por la necesidad de acumular estima y riqueza para con ello demostrar a los demás que se poseen virtudes como la creatividad, el valor, la inteligencia y la energía para desenvolverse en la vida y los negocios
La autoestima y el valor propio han sido relacionados con la riqueza y una buena economía dando como resultado una ansiedad generalizada.
El estatus social; la preocupación del siglo.
Sin embargo a partir del XV111, el estatus y la respetabilidad en occidente comenzaron a ser asociados con los logros económicos. Diversas corrientes de pensamiento influyeron en este cambio. La meritocracia que sostiene que el éxito económico de una persona depende exclusivamente de su esfuerzo e inteligencia y el Darwinismo Social que propone que solo los más aptos merecen sobrevivir (en términos económicos). Han sido particularmente determinantes.
Las propiedades, las bien nutridas cuentas bancarias, la posesión de empresas, han ido convirtiéndose en sinónimos de respetabilidad. Pero lo cierto es que la inmensa mayoría de la población mundial carece de lo necesario para ser considerados como respetables. Ante esta falta de valía en mayor o menor medida tosas hemos sufrido de la mencionada ansiedad por estatus.
Las recesiones económicas, el retiro, el ascenso profesional de alguna compañera, son algunos disparadores de dicha ansiedad a pesar de ser tan común, las evidencias de este drama interno son difíciles de encontrar, porque como la envidia (sentimiento por cierto, relacionado por estatus), la gente se avergüenza de manifestarlo.
Dependemos de las señales de respeto que el mundo nos envía para sentirnos cómodas con nosotras mismas, pero si el estatus es algo difícil de conseguir, más aun es conservarlo durante toda una vida.
Ser una perdedora.
Ante los altos estándares que nos presenta la sociedad actual, el fracaso a corto, mediano o largo plazo resulta casi inevitable. De allí vendrá la humillación. “la corrosiva idea de que hemos sido incapaces de mostrarle al mundo nuestro valor” una manera eficaz de dejar de considerarse una perdedora, es el recordatorio de la propia muerte. El ejercicio aunque incomodo sirve para reorientar nuestras prioridades: ¿que es lo verdaderamente valioso de la vida cuando llega al momento de morir?

El artículo fue tomado de SuperMujer.com,mx

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