domingo, 30 de marzo de 2008

EL CERDO QUE SE CREE PERRO


“Quinín”, un gorrino de Dumbría de cuatro meses, atiende y obedece a su amo, al que sigue a diario en sus paseos. Aunque no ladra, roña. Y agita la colita, porque casi no puede moverla. Sale a pasear con su dueño, Antonio Caramés, a diario. Ambos, con una perra, Tila (es muy nerviosa), a la que le gusta buscar conejos y, al marrano, también. Corren juntos tras Antonio al trote. En las peleas, antes era más fácil para la cadela , pero los 80 kilos del cochino le dan ahora ventaja. Es como una pelea de un campeón de sumo contra una yudoca. Si el dueño lo acaricia o limpia, la perra se cela. Con todo, «os dous lévanse moi ben».
No hace mucho tuvo cierto éxito, sobre todo en las ciudades, pasear a alguno de los llamados vietnamitas, oscuros, pequeños y rechonchos. Sin embargo, gorrinos como Quinín , sin ninguna particularidad -fue adquirido en la feria de Senande (Muxía)- no suelen ser tan accesibles. Y Quinín es perro hasta a la hora de llamarlo. «Entende a miña voz, só a miña. Se o chamo ou lle digo algo, atende. Pero se o fai outro, xa non», explica Antonio. Un ejemplo. Cuando acaba las tareas higiénicas, le dice: «Déitate», y el animal se acuesta patas arriba.
Con el comer pasa lo mismo: «Gústalle o que a todos, como a fariña, pero coas sobras da comida das persoas é moi exquisito: só quere das miñas». Es el fruto del marcaje diario, que empezó Antonio un día sin más, precisamente porque no quería comer. Lo vigilaba, lo cuidaba, y el roce hizo el cariño. El privilegio llega a la hacienda: «Ten unha corte que parece unha habitación, pero tamén entra na casa, porque non está nada sucio, e se eu vou a outra, el entra comigo, salvo que llo prohíba», indica.
Y ahora, la parte mala. Quinín , que por supuesto está capado, no durará toda la vida. Le llegará el momento de su san Martiño. Una cuestión espinosa que el dueño no elude. ¿No le dará pena comer esa carne? «Home, si, e máis pena me daría pasar sen ela», responde. La fecha del fin no está fijada, pero tal vez en noviembre, por la época. «Nacemos para morrer, é o que hai», afirma. Y ya se imagina cómo serán los últimos momentos: «Pois nada, o día que lle toque, dareille a man e adeus, compañeiro». Perra vida, pensará Quinín.
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